Puerta equivocada

3 Sep

A veces es bueno cerrar algunas puertas, porque no llevan a ninguna parte.

Me esfuerzo en creer que todas las cosas que pasan en la vida son enseñanzas valiosas, quisiera no tener que aprender ciertas cosas si para ello tengo que tratar con determinadas personas.
Parto de la base que el desagrado que me producen ciertos individuos es el mismo que yo produciré en esos mismos, o en otros, pero, como es lógico, ese no es mi problema, bastante tiene uno con lidiar de mente hacia adentro como para inmiscuírse en las taras mentales del resto, sobre todo si es un resto poco apreciable.

Si la vida es una casa enorme, repleta de muros por derribar y ventanas que abrir y demás metáforas, algunas ventanas las tengo tapiadas, pero decoradas, eso si. No cerradas simplemente con cuatro tablones y clavos oxidados, no. Me he preocupado de barnizar las maderas, de comprar unos clavos largos y de buen material, cerciorándome de que duren mucho tiempo. He pasado un buen rato cerrando esas entradas, con dedicación y pensando en lo que hacía, para que no entrara más ese chiflete por ahí, porque tengo comprobado que ciertos aires, siempre me producen resfriados.

Y es que hay puertas que tienen ladrillos detrás, como en las de las pelis de Charlot, y además suelen ser en las que entras rápido y sin mirar, cuando te quieres dar cuenta, te sangra la nariz.

Por eso, no te sientas mal si tienes que probar con la puerta número dos, que a veces, en la uno te sale la Ruperta.

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