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No hay secretos

23 Feb

Al Universo le da igual. Ni te conoce, ni es un ente vivo, ni tiene una fábrica de regalos para ponerlos bajo tu almohada después de que tú, lleno de buena fe, hayas proyectado hacia lo negro tus mejores deseos. No. Todo pinta a que no.

La vida no es justa.

A mí me ayuda a entenderlo echar un vistazo de nuevo a nuestra parte animal, aquella realidad olvidada de la que acabamos de llegar lejos del teatro que tenemos aquí montado. Y recordar que el ojo humano distingue más tipos de verde que de cualquier otro color para diferenciar a depredadores entre la maleza. O que cuando despertamos de golpe soñando que caíamos, rememora un vestigio de cuando dormíamos en los árboles. Por no hablar del coxis…, no hay duda de lo que somos, de lo que fuimos y en ese mundo animal del que venimos hace unos días, con nuestros cuerpos y nuestros instintos adaptados a sus reglas por nuestra escasa evolución, ahí, la justicia no es esa idea romántica que los humanos hemos creado; “Si me porto bien el mundo ha de portarse bien conmigo”…no, aquí seguimos siendo una manada de depredadores que se fagocitan entre ellos a la voz de ‘sálvese quien pueda’. El civismo dura lo que duran nuestras necesidades cubiertas. Como decía Bruce Lee: “pensar no me pasará nada malo por ser buena persona es como creer que un tigre no me comerá porque soy vegetariano”.

La vida no es justa.

Aunque eso no quita que sea maravillosa, esto no es una visión decadente, que va, yo soy un optimista empedernido, pero como odio las aspirinas metafísicas de las religiones, aunque las respete, odio también a los predicadores de la magia de la vagancia, que a la voz de “tu pide y siéntate a esperar”, crean un ejército de frustrados y frustradas rellenos de cuentas pendientes.

Muévete hacia lo que te gusta, y se lo suficientemente listo para saber si lo que te gusta es lo que se te da, (porque a mí me encanta el fútbol, y tengo dos pies izquierdos).

La magia está ahí, en la capacidad que tiene esta especie animal sobre las otras de crear de la nada, de inventar, de hacer actos de amor incondicional, de superarse.

La magia está ahí, en la búsqueda del entendimiento, en la invención de la esperanza, en la fe en las personas, en la lucha constante por vivir más allá de sobrevivir.

La magia está ahí, en dudar de todo, en mandar al carajo a quienes, como yo, sientan cátedra sobre la vida para cometer con la mayor de las felicidades nuestros propios errores.

La mordaza del niño

5 Nov

“No corras”, “ponte la camisa por dentro del pantalón”, “no dibujes por fuera de los bordes”, “la letra ‘a’ se escribe así, no como lo has hecho”, “¿desde cuándo el cielo es verde señor Gómez?”…esa fue la educación de mi colegio, una educación que obligaba a los zurdos a escribir con la derecha, a formar filas militares para volver a clase y medir la distancia entre niño y niño con un brazo de hombro a hombro.

No salirse de la línea era muy importante, no destacar, no causar problemas que se salieran del temario, no tener dudas que estuvieran fuera del recipiente, no hacerse preguntas que no entraran en el exámen.

Y precisamente ahora, en estos tiempos que se arrastran, toda esa creatividad, toda esa duda, toda esa inquietud nada potenciada por los senderos anticuados de la educación, se ha convertido en el valor añadido más deseado por el mercado actual. Porque el talento vende, quizá porque nunca se alimentó, y ahora vivimos rodeados de una mayoría que no tuvo otra opción que no presentar batalla y pasar por el aro de lo establecido y de unos pocos locos que sobrevivieron al bombardeo de toda aquella pintura gris.

Que los colegios fusilen al niño interior para erradicarlo cuanto antes, que intenten hacer florecer al “hombre” y a la “mujer” fuera de temporada, antes de la primavera de cada uno, me parece un crimen similar al de mutilar a un ser humano. Porque privar a cualquiera de su infancia y de sus maravillas es digno de desprecio, no solo porque recorremos cargados de problemas impuestos los años que siempre añoraremos, sino porque el niño es el portador de todas las soluciones de mañana, solo el niño, con la sabiduría del adulto, formando un tándem magistral, pueden resolver con un juego, los enigmas y problemas del futuro.

Porque correr es ahora un trabajo, porque la camisa por fuera del pantalón vende moda, porque dibujar por fuera de los bordes se expone en museos, porque inventar tipografías es elogiado, porque imaginar un cielo verde nos transporta a otros mundos.

 

No pierdas el niño, llévalo de la mano.

El juguete de mi infancia

18 Feb

Santa Cruz es un asco, lo sabemos, huele mal, admitámoslo, no hay movimiento cultural, es una ciudad dormitorio, es vieja pero no lo suficiente para ser interesante, es nueva pero no lo suficiente para ser moderna. Es pequeña pero no como para tener el encanto de un pueblo, es grande pero no como para gozar de la impersonalidad de una gran ciudad.

Pero aquí me crié, en el barrio Duggi, corriendo por Serrano, patinando por Castro y jugando partidos de fútbol en una calle empinada, 18 de Julio, cuando conservaba aquella acera ancha en la que nadie quería cubrir la portería de abajo, porque tocaba correr a por la pelota hasta debajo de cualquier coche.

Cursé adolescencia en el Sanabria, con tantos rincones secretos y una plaza de la tortuga que nunca tuvo tortuga en aquellos tiempos. Vigilados por la tetuda, con olor a frutos secos en el suelo pegajoso, midiendo mis éxitos por la cantidad de escalones que era capaz de saltar.

Y entre salto y salto descubrí el Toscal, con sus calles escondidas con la esencia de esta ciudad, objetivo deseado de cualquier fotógrafo, con casas de puertas abiertas, de mujer en bata, de regadera y geranio.

Y jugaba en el campo de tierra al lado de estadio, mitad campo, mitad parquing. Y subía y bajaba las calles fortaleciendo muslos, los chicharreros tenemos los mejores muslos de Canarias, porque si quería socializar había que ir hasta la “U”, allá por donde atracan los barcos, y escondernos tras los cristales para fumar un cigarro entre toses.

Y si viene tiempo sur nos quejamos, pero si las nubes se quedan atrapadas en Anaga sabemos que ahí está el Alisio, bondadoso compañero. Y vemos claramente lo que pasa en la isla de enfrente, desde la ventana de nuestra casa.

Y nos conocemos todos, aunque sea de vista, y tocamos el amable tacto de la corteza en cada calle, y sentimos nuestra la rambla, donde es obligatorio alzar la cabeza a modo de saludo silencioso a cada par de pasos.

Santa Cruz no es, posiblemente, la mejor ciudad del mundo, pero es el juguete de mi infancia, me cuidó para que fuera lo suficientemente bueno como para haber sido criado en un pueblo y lo suficientemente avispado como para haber sido criado en una ciudad. Con el mar a tiro de braza, con la arena de la playa metida en el ADN, con historias en cada portal, en cada esquina, no hay una calle de esta ciudad que no haya vivido algo conmigo.

Santa Cruz. Un trocito de todo en medio de un trocito de nada en el medio del mar.

Gracias por carecer de callejones sin salida.

Los Modernos

10 Nov

Se arrastran por las calles céntricas de ciudades con un índice de población suficiente como para encontrar a sus víctimas. Su alimento favorito son las orejas, sobre todo del sexo opuesto. Tienen alguna habilidad artística poco o medianamente desarrollada, y adornada de manera que parezca de un nivel superior…pero no. Han estudiado la manera de caminar, de mirar, de no bailar, de agarrar un cigarro y una copa. Cada pelo, por desbaratado que parezca, está puesto en su lugar exacto, cosa que comprobarán cada poco tiempo en espejos, reflejos de escaparates o ventanas de coches.

Son, los modernos.

Más falsos que una moneda de tres euros, con gesto de haber vivido tanto, con una carga dramática intensa y una inteligencia abrumadora, datos en la boca, de Wikipedia o el País semanal, y una opinión definida a cada tema de actualidad, normalmente en la tangente de la lógica global, porque ser global es malo, por más globales que los modernos sean.

Es una moda más allá de la moda, que sufre por estar encima del que esté encima de la cresta de la ola, que recuerda sospechosamente a los cocainómanos, todos hablando sin escucharse, con muchos proyectos bajo el brazo que se marean día si y día también entre cervezas en cualquier bar que huela a fabrica de bohemia.

Siempre quisieron ser parte de la movida romántica-artística, pero no lo vivieron de verdad, así que se lo han inventado, y como suele pasar en los peores casos, se lo creen.

Tuitean contra el sistema y sus estados en las redes sociales son de lo más comprometidos, siempre con esa mezcla entre periodista enviado especial y cronista económico con la solución a todos los problemas. Mirada de medio lado y muchos y buenos amigos, todos con talento, guapos y con toda la vida por delante.

Decir que los artistas (de verdad) suelen tener miles de taras sociales, que suelen estar sufriendo por cada aleteo de mariposa, estresados porque los segundos pasan y el corazón puede que pare. Quedándose calvos de pensar y trabajando, siempre trabajando…es perder el tiempo. Porque quizá no se han dado cuenta, modernos, que lo que estáis haciendo es vivir vuestra pubertad (cercana o tardía), con una excusa nueva, otra moda más, que me parece perfecta, pero que desde lejos resulta lamentable.